Proposición situacional


“El caso de la antropología no es distinto, básicamente, de los de otras ciencias sociales. Por lo que se refiere a la antropología, el problema fundamental radica en el riesgo de que el antropólogo no pueda separar adecuadamente sus valoraciones personales de las que son propias de los actores que él estudia. El antropólogo debe recorrer un camino en el que resplandezca su rigor desde el punto de vista científico.

Nada más superarse el evolucionismo empezó a discutirse este problema en la antropología, y muy pronto se hizo mención de la doble mirada del antropólogo, es decir, de la compartida con los nativos y de la suya propia. Mientras Franz Boas teorizaba sobre este asunto en Estados Unidos, los funcionalistas ingleses se planteaban idéntico problema. B. Malinowski lo expresa muy claramente a propósito de sus reflexiones sobre el trabajo de campo en Los argonautas del Pacífico occidental (1922).

Es cierto, sin embargo, que fue un lingüista, K. Pike (1967), quien se refirió a estas dos perspectivas del trabajo científico de una forma que pronto adquirió éxito por su fuerza didáctica. Se trata de la división entre la perspectiva emic y la perspectiva etic.

Ambas son sufijos de las expresiones phonemic y phonetic. Mientras que la primera hace referencia a la ciencia de los significados, la segunda la hace a la ciencia de la pronunciación. Esta última es una ciencia en la que lo formal predomina sobre lo sustantivo, al revés de lo que sucede con aquélla.

En efecto, el antropólogo tienen dos formas de ver las cosas. Una de ellas es la que logra proyectando su mirada desde el interior del sistema, es decir, adoptando temporalmente los valores y las apreciaciones de los estudiados, a la cual denominamos emic. La otra perspectiva, llamada etic, es la que logra mirando al sistema desde fuera, es decir, como si el antropólogo estuviera fuera de la sociedad que estudia. La mirada emic es el resultado de la progresión científica de la antropología y es el resultado de una distinción fina y precisa que resulta inseparable de la ciencia antropológica en la actualidad.

La perspectiva emic es la gran aportación de la antropología, la que brota de ese método de trabajo que denominamos con el nombre de observación participante. El antropólogo se integra en el seno de la cultura que pretende captar y se convierte en uno más de cuantos participan de la misma. De esta manera evita la distorsión de analizar los valores ajenos con parámetros propios.

Sin embargo, el antropólogo, una vez que ha realizado su trabajo de campo, ha de llevar a cabo las imprescindibles comparaciones. Debe establecer analogías entre la cultura que ha estudiado y la suya propia. Y, además, entre estas dos culturas y las que conoce a través de la información que proporcionan otros antropólogos. Entonces, las visiones emic, suyas o tomadas en préstamo de otros científicos, deben ser conjugadas con algunas apreciaciones. El relativismo del que se ha valido el antropólogo para captar el punto de vista de los estudiados no debe ni puede ser absoluto. En definitiva, siendo imprescindible el punto de vista emic, el antropólogo no prescinde por entero de las observaciones etic acerca de una cultura.

Los trabajos antropológicos remarcan en mayor o menor medida la diferencia entre estas dos perspectivas, especialmente a partir de los años veinte del siglo XX. Desde entonces, los antropólogos se han preocupado de captar el ethos de la cultura estudiada, esto es, el sentimiento emocional que la gente tiene acerca de su mundo y la evaluación que realiza en términos morales de todo lo que le rodea. Este umbral de captación emic sólo empezó a ser posible cuando los antropólogos hicieron de las largas estancias entre los estudiados el soporte certero de su trabajo.

Puede servir como ejemplo del juego de perspectivas que está explicando el caso de M. Harris en Vacas, cerdos, guerras y brujas (1975), cuando se refiere al tabú de la vaca sagrada (capítulo de “La madre vaca”). El autor capta con singular intensidad la diferencia entre un punto de vista emic y otro punto de vista etic. La primera nos permite entender la cultura local y el juego de las dos nos sitúa ante una captación excelente de la realidad: el “amor a las vacas” constituye una auténtica necesidad adaptativa para la vida en un ecosistema de bajo consumo energético. Puede verse esto mismo en Bueno para comer (1985), del mismo autor.

Algunas orientaciones antropológicas enfatizan aún más, si cabe, la orientación emic para percibir una cultura. Bien conocido es el caso de la etnociencia, en tanto que estudio de los significados que las cosas tienen en un determinado sistema. Las culturas poseen sistemas clasificatorios que están presentes en el lenguaje y que el antropólogo intenta captar. En un trabajo ya clásico de W. H. Goodenough, uno de los más célebres cultivadores de la etnociencia hallamos estas observaciones, gracias a la edición que D. Hymes hizo de su texto “Cultural anthropology and linguistics” en Language in Culture and Society, 1964).

Por tanto, aunque para los antropólogos resulta sustantivo captar la perspectiva emic, algunas orientaciones la acentúan especialmente. Sin embargo, en algunas de las modernas orientaciones antropológicas actuales, de tipo experimental, como la de la etnografía reflexiva, el punto de vista etic, esto es, el punto de vista externo, consecuente con el protagonismo que adquiere el antropólogo, se remarca con especial fuerza”.

(Fuente: “Dos perspectivas distintas: emic y etic”. + info AQUI)